Miércoles, 2 de Abril de 2025
Instagram Facebook Twitter Youtube
Por Francisco Tete Romero - Tercera parte
Martes, 1 de abril de 2025
Chaco Puede, la ficción de la dictadura ataca otra vez

La escenografía del “Chaco Puede” y la celebración del crisol de razas. El domingo 24 de septiembre de 1978, en su número 21.052, el diario El Territorio, da una extensa cobertura a la apertura de la Fiesta Nacional del Inmigrante. Sus títulos de tapa fueron: “Fuerte Esperanza es una realidad incorporada al Chaco y al país”, por un lado; y, por otro lado: “Videla y Serrano inauguraron el Puente y Avenida de los Inmigrantes”.



“Desfile de carrozas y reinas. Imponente presencia del Pueblo”.
“Digno broche de oro tuvo en los primeros minutos de hoy la Fiesta Nacional del Inmigrante {realizada en la Avenida del Inmigrante] al dirigir el presidente de la Nación, teniente general Jorge Rafael Videla… un mensaje donde señala que la historia argentina ha tenido en la inmigración un elemento que le ha dado su fisonomía propia”.
“Fervor popular”.

“Resistencia y el Chaco todo vivieron una jornada que habrá de quedar inscripta en el calendario provincial como un acontecimiento digno de ser recordado. A la inauguración de Fuerte Esperanza, ceremonia cumplida en el corazón de la inmensidad del desierto verde que desde ahora quedó incorporado a la magna tarea civilizadora, se conjugó anoche la inauguración del Puente y Avenida del Inmigrante, y de inmediato se desarrolló la magnífica Fiesta Nacional del Inmigrante.

Pese a la elevada temperatura ambiente, una impresionante multitud que se transportó en distintos medios o a pie, se dio cita desde mucho antes de la hora señalada para asistir a los actos de anoche. El arribo del presidente de la Nación, junto al general Serrano y demás autoridades, significó un verdadero revuelo, dentro de un absoluto marco de corrección, que prácticamente escapó al control de la custodia presidencial. Hombres, mujeres, niños, gente de toda condición, quería acercarse y saludar y vivar al primer mandatario.

Cuando Videla abandonaba el palco –eran las 23:45- para encaminarse al aeropuerto los “Viva Argentina” y “Chaco Puede” y los aplausos volvieron a escucharse” (el uso de la negrita es mío).
El tono marcadamente oficialista del artículo recorta tres focos de atención:

En primer lugar, el acontecimiento de fundar un pueblo “en el corazón de la inmensidad del desierto verde” para incorporar El Impenetrable “a la magna tarea civilizadora”, es decir, para vencer al Chaco todavía bárbaro.

En segundo lugar, para inaugurar espacios públicos, una avenida y un puente y una fiesta nacional que identifican un sujeto histórico, el inmigrante y una fecha, el 2 de febrero de 1878, el que marca el comienzo de una historia, la de la primera colonización del Chaco bárbaro y salvaje. El que celebra la epopeya del Chaco Gringo. El que conmemora al “elemento inmigrante” que le dio fisonomía propia al país”.

El de la Argentina blanca, casi europea, tan en boga por esos años, tan distinta de la América Latina. En tercer lugar, el que celebra la segunda colonización que derrotará los vestigios de la vieja y las nuevas barbaries, el que celebra un pueblo que viene por sus propios medios o a pie, no como el de las masas políticas ahora proscriptas, el que entona “Viva Argentina” y “Chaco Puede”, el slogan oficial de la dictadura del Chaco; el que muestra a una ciudadanía no politizada junto a sus líderes de la restauración del orden.

Por último, ese mismo día y en el mismo diario, en su página 2, podemos leer en una síntesis conceptual el campo semántico que abre el crisol de razas en el Chaco de 1978.

“La Historia Argentina ha tenido en la Inmigración un elemento que le ha dado al país fisonomía propia.

(…) Hombres de las más remotas regiones, provenientes en su mayoría de la vieja Europa, fueron llegando al país desde los albores de la Patria, hasta bien entrado nuestro siglo. Con su esfuerzo, con su sacrificio diario, levantaron pueblos, desarrollaron industrias, hicieron próspero el comercio o estuvieron en oficios y profesiones más diversas.

Con esa misma generosidad, el país los recibió. Aquí nacieron sus hijos y se prolongó su descendencia –en un verdadero crisol de razas-.

La Argentina fue así también factor de unión de los hombres, un lugar de encuentro aún para aquellos que entre sus países de origen mantenían rivalidades o conflictos”.

(…) Ese espíritu de paz y trabajo que los inmigrantes han encarnado es el mismo que ha pasado a ser elemento de definición de los argentinos”.

(…) Por eso hablar del inmigrante, es hoy hablar de nosotros mismos, máxime cuando se puede valorar la acción civilizadora que en el presente se está desarrollando en el Chaco.

Esta tierra indómita pero generosa es el centro de una empresa de gran alcance que los hijos de nuestros hijos sabrán valorar”.

(…) De este modo, esta auténtica fiesta del inmigrante se desarrolla en el ámbito más adecuado y vital: en donde la acción civilizadora del hombre se vuelve más evidente”.

(…) Sean pues estas palabras, una expresión de reconocimiento y gratitud y un aliento en favor del esfuerzo y el trabajo creador” (p.2; el uso de la negrita es mío).

Paz y trabajo, aportes idealizados de un sujeto inmigrante que es, desde luego, una construcción discursiva, porque su diversidad de destinos e idearios políticos imposibilita su homogeneización.

Recordemos aquí la tesis de García Fanlo (2014): la argentinidad como una invención de la ciencia positivista, en términos del pensamiento de Bunge, la clase media como el arquetipo de esa nacionalidad, la conciliación de clases y el rechazo a los conflictos como actitudes, parte clave del ethos de esa nueva argentinidad; la educación como la llave maestra para la formación de esa nacionalidad hacia el primer centenario de la patria.

Por eso, al leer en este artículo de 1978 que, con la descendencia de esos primeros inmigrantes, sus hijos, a través de la escuela leemos en forma implícita, mediante la matriz cultural del crisol de razas, le dieron al país su nueva fisonomía propia: la de la paz y el trabajo. Dicho de otro modo: la de la conciliación de clases.

En consecuencia, decir en 1978 que hablar del inmigrante hoy es hablar de nosotros mismos, es reafirmar que el crisol de razas como paradigma cultural del orden dominante triunfó, porque su legado está presente en la “acción civilizadora” que se está llevando a cabo en el Chaco en el contexto de su segunda colonización contra lo todavía indómito del desierto verde ahora vencido. He ahí el horizonte de sentido que representa en el Chaco de la dictadura militar, en 1978, el slogan del Chaco Puede crisol de razas.

Para finalizar, vuelvo ahora al concepto de mito que nos trae José Tamarit en su texto Poder y educación popular. Allí nos recuerda, trayéndonos al Barthes de Mitologías, que el “lenguaje necesita condiciones particulares para convertirse en mito”. Nos habla de una forma especial, indispensable para condensar en una frase-mito, una visión de mundo capaz de esquematizar en un par de ideas –funcionales a los intereses de los “productores del mito”–, la compleja realidad histórico-social.

“El mito, por consiguiente, es una versión reduccionista, exacerbadamente simplificada de la realidad. Esta ingresa en el proceso de construcción del mito como un caos, como una crisis, como lo que es, compleja trama histórica, y sale del mito como una explicación transparente, como una frase que restituye una imagen natural de ese real porque el mundo entra al lenguaje como una relación dialéctica de actividades, de actos humanos. Sale del mito como un “cuadro armonioso de esencias”.

Por eso una vez descubierta la “verdad”, una vez que esta es convertida en una frase-mito, la fórmula circulará a través de los “aparatos de hegemonía”, o bien, del “aparato” o “superestructura cultural de la oligarquía”, convertida en esencia, en realidad inmutable, petrificada, pues como dice Barthes, el mito “postula la inmovilidad de la naturaleza”, y Tamarit (1992) precisa que “su eficacia consiste, precisa y paradójicamente, en despolitizar la palabra”.

“El mito es siempre un robo del lenguaje”, y si el signo lingüístico es polisémico por naturaleza, la frase-mito es la violación de la multiplicidad de sentidos para que el lenguaje denote unívocamente en una imagen congelada el significado inmovilizador de la inasible y siempre mutable realidad. Despojado de historia y de política, “lo contingente se vuelve esencial, universal y eterno”. El discurso positivista, ampliamente difundido y reiterado en todos los ámbitos –no sólo en la escuela, sino también en los medios de comunicación–, incorporado ya al lenguaje cotidiano, ha favorecido el desarrollo del mito, su extensión social, generando los climas adecuados para su mejor recepción”.

Vinculo ahora estos conceptos de Tamarit (1992) con el análisis que García Fanlo (2014) realiza del ideario de Bunge sobre el crisol de razas y el rol de la clase media como arquetipo de esa argentinidad que para Bunge debía ser una invención de la ciencia positivista. Porque para Barthes (1987), sostiene Tamarit (1992) las “clases intermedias revelan una especial vulnerabilidad frente al mito”.

“En efecto, si las clases intermedias son particularmente vulnerables al mito burgués es porque su sentido común se halla fuertemente cargado de hegemonía, es porque su representación de la “realidad” –su propia” visión del pasado, del presente y del futuro- coinciden en lo esencial (en más de un aspecto hasta en el detalle) con la de los sectores dominantes, y eso es así tanto en lo que concierne al discurso preteórico como al teórico. Tal vez sea obvio señalar que los hombres “viven” sus experiencias (en el trabajo, en la familia, en la escuela, en su tiempo libre en función de su representación de “la realidad”, y que de tal modo se condicionan sus receptividades y rechazos, sus aperturas y sus cierres” (p.26).

Por consiguiente, si la conciliación de clases y por lo tanto, el rechazo al conflicto debían ser las consecuencias prácticas del crisol de razas como mito fundante de la argentinidad encarnado de modo especial en nuestras clases medias, o bien, en nuestro caso particular, de “la raza Chaco”, he ahí nítida la función de la frase mito de despolitizar la realidad, petrificarla como esencias que permiten representarla de modo simple y actuar en consecuencia, conforme los intereses de los sectores dominantes, tal como lo pensó y ejecutó la dictadura militar.

Porque entonces solo se daba visibilidad o reconocía existencia a los hombres del crisol de razas, cuyo arquetipo era el inmigrante o hijo de inmigrante, el trabajador a sol y a sombra solitario, o con su familia, aislado de lo social y de la historia, es decir, de los conflictos, de la política, es decir, de los sujetos peligrosos que promueven esos conflictos, sean indígenas, obreros o campesinos criollos e incluso, como lo atestigua tan bien nuestra historia inmigrantes o hijos de inmigrantes sindicalistas, descalificados con extranjeros no deseados.



VIDEO - ARCHIVO PRISMA AV-5631 Sucesos Argentinos (incompleto) [Videla inaugura Fuerte Esperanza en la provincia del Chaco]


Chaco Puede, la ficción de la dictadura ataca otra vez - Parte Dos

Chaco Puede, la ficción de la dictadura ataca otra vez - Parte Uno


Editor Responsable: Jorge Tello
redaccion@eschaco.com | direccion@eschaco.com
Reportero: 3624647631 - Redacción: 3624895748
Copyright ©2013 | www.EsChaco.com
Todos los derechos reservados.
Desarrollado por Chamigonet - Diseño Tapa: DG ___anny